mercredi 25 février 2015

TEXTOS ESCRITOS A PARTIR DE "MI VIDA CON LA OLA" DE OCTAVIO PAZ



MI VIDA CON LA OLA


Imagen de la ola danzando sobre el mar

Cuando dejé aquel mar, una ola se adelantó entre todas. Era esbelta y ligera. A pesar de los gritos de las otras, que la detenían por el vestido flotante, se colgó de mi brazo y se fue conmigo saltando. No quise decirle nada, porque me daba pena avergonzarla ante sus compañeras. Además, las miradas coléricas de las mayores me paralizaron.

Cuando llegamos al pueblo, le expliqué que no podía ser, que la vida en la ciudad no era lo que ella pensaba en su ingenuidad de ola que nunca ha salido del mar. Me miro seria: “Su decisión estaba tomada. No podía volver.” Intente dulzura, dureza, ironía. Ella lloro, grito, acaricio, amenazo. Tuve que pedirle perdón. Al día siguiente empezaron mis penas. ¿Cómo subir al tren sin que nos vieran el conductor, los pasajeros, la policía? Es cierto que los reglamentos no dicen nada respecto al transporte de olas en los ferrocarriles, pero esa misma reserva era un indicio de la severidad con que se juzgaría nuestro acto.

Tras de mucho cavilar me presente en la estación una hora antes de la salida, ocupé mi asiento y, cuando nadie me veía, vacié el depósito de agua para los pasajeros; luego, cuidadosamente, vertí en él a mi amiga.

El primer incidente surgió cuando los niños de un matrimonio vecino declararon su ruidosa sed. Les salí al paso y les prometí refrescos y limonadas. Estaban a punto de aceptar cuando se acerco otra sedienta. Quise invitarla también, pero la mirada de su acompañante me detuvo. La señora tomo un vasito de papel, se acerco al depósito y abrió la llave. Apenas estaba a medio llenar el vaso cuando me interpuse de un salto entre ella y mi amiga. La señora me miro con asombro. Mientras pedía disculpas, uno de los niños volvió abrir el depósito. Lo cerré con violencia...


 https://escritoscarolina.wordpress.com/2007/05/09/mi-vida-con-la-ola-octavio-paz/

OCTAVIO PAZ



 TEXTOS ESCRITOS POR LOS ESTUDIANTES DE ENPC CURSO CUENTOS 2014-15


Mi vida con la bomba

          Era un día de verano, el sol brillaba, los árboles cubiertos de flores desprendían  olores suaves. Caminaba tranquilamente  en un bosque balanceado  por la dulce música del canto de los pájaritos, cuando la vi. Era  deslumbrante, los rayos del sol  se reflejaban  sobre  sus  curvas esbeltas, plantada en medio de un claro, esperaba apaciblemente desde el día de su lanzamiento. El tiempo no había pasado para ella. Era la misma, tan hermosa, tan orgullosa, tan sutil, tan perfecta, mi bomba querida. El flechazo fue inmediato. Me senté en la hierba frente a ella, nos quedamos contemplándonos durante horas, mi corazón latía como un metrónomo. De una voz vacilante, intenté empezar una conversación. Hablamos de todo y de nada, me contó su historia. Se llamaba Bertha, había nacido en una fábrica de Alemania, como todas sus hermanas, había sido educada con un único propósito macabro. Había viajado mucho alrededor del mundo con su familia y había esperado mucho tiempo en  vastos almacenes.
El día tan esperado había llegado, había sido cargada en un gran tubo de metal, se le había ayudado un poquito y después de una gran explosión, había volado hacia su objetivo. Pero un mal viento  del Este le había separado de sus hermanas,  había aterrizado en ese claro sin explotar y desde entonces esperaba sola. Al final de su historia, la noche había caído, la bomba irradiaba sobre la luz de las estrellas. Me suplicó que no la dejara sola, y que me ocupara de ella. La desenterré con delicadeza y la tomé en mis brazos, el contacto con su piel de metal cromado me electrizó, estaba tan dulce. Caminamos así hasta la parada de autobús.
Cuando subimos en el autobús, la gente nos observó con extravagancia, nos señalaban con el dedo, se hablaban en voz baja y cuchicheaban. En la parada siguiente una mujer joven subió, cuando me vio con mi amor en los brazos, gritó, quiso llamar a la policía y me trató de terrorista. ¿Como podía creer algo así? Pero no importaba, estaba con mi dulcinea, nada podía afectarme. Al bajar del autobús, escondí mi alma gemela bajo mi bufanda. Esos miserables no merecían contemplar su hermosa y su perfección, sorprendentemente los escándalos acabaron, y nadie gritó a mi paso.
Llegamos a mi piso, nos sentamos en el sofá, contemplé sus formas voluptuosas y su hermoso reflejo metálico. Empecé a tocarla y a acariciarla cuando de repente, me empujó violentamente, me dijo que estaba loco y que si iba más adelante yo arriesgaba mi vida y que estaba demasiado ligada a mí para hacerlo. Con tristeza, sin atreverme a insistir no continué y me dormí. Varias semanas pasaron y cada día la escena se repitió y me atreví más adelante. Hasta el día en que al despertar había desaparecido, había dejado un mensaje para mí diciendo que le había salvado y que me amaría pero que no quería herirme. Por consiguiente había decidido ir a cumplir su funesta misión: hacerse explotar en el mercado en medio de los puestos de venta.
Entré en pánico, me levanté con velocidad y estuve buscándola, ¿donde podría estar? Avanzando cerca de un puesto de un horticultor,  percibí su divino brillo metálico, estaba escondida en el suelo, y esperaba que alguien caminara sobre ella. Me apresuré a su encuentro y la levanté del suelo. “Déjeme”, me decía, “váyase”. Le respondí que era lo único que contaba a mis ojos y que quería agradarle y estar con ella sin importar las consecuencias. Le miré tiernamente, quedó silenciosa y le apacigüé. Empezamos a volver a casa.
De vuelta a mi piso, puse a mi querida en la cama. Estaba tan hermosa, sus formas redondas eran tan elegantes, me acerque a ella y empecé a acariciarla. Mis manos recorrieron su cuerpo delicado con suavidad, empecé de abajo, y subí hasta su cima. Con la yema de los dedos acaricié las marcas de quemadura dejada en su casquillo, su piel estaba estirada en ese lugar y el metal había dejado paso a un dulce azul profundo y vibrante. Subí poco a poco en su cuerpo, recorriendo con la yema de los dedos las ranuras sinuosas y concéntricas que habían marcado su vuelo. Me acerqué, peligrosamente pero con certeza, al pequeñito cono metálico que marcaba su extremidad superior, el contacto con el metal era muy voluptuoso. La excitación empezó a subir poco a poco, estimulada por sentimientos de peligro y de alegría, la situación estaba particularmente explosiva. Alcanzó su paroxismo cuando la yema de mis dedos se colocó en el detonador, con un gran estertor, una ola de calor nos irradió, el placer estaba en su cumbre, estábamos juntos, aquí, ahí, en todas partes, dispersos por los cuatro rincones de la ciudad según los vientos. Que fuerza, que hermosa, mi amor, mi bomba
 
                                                    ARTIGUE Vincent  


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Mi vida con la almohada


El Barto es un chico muy travieso, curioso y terrible. Tenía  muchos problemas con sus amigos, y cuando quería llorar se refugiaba en su cama con su almohada. Durante su infancia  solo su almohada  estaba presente durante todas sus pruebas. Su almohada era como su peluche y como su mejor amigo. Incluso en su  adolescencia, su almohada le acompañaba durante sus interminables mañanas y sus desayunos en su cama. Se creó una relación apasionada alimentada por interminables abrazos, caricias, y besos depositados para él durante su sueño. La relación era tan profunda que cuando El Barto estaba con sus amigos añoraba la textura y la suavidad de su almohada y se sentía un poco solo y abandonado.

Unos años después, El Barto inició las clases preparatorias y comenzó a dormir cada vez menos. Su almohada que siempre  se quedaba en su casa estaba cada vez más triste. Y el Barto pensaba en su almohada incluso en clases de matemáticas o físicas que eran sus cursos preferidos. Cuando empezó la Escuela de ingenieros, esperaba tener más tiempo para su almohada, pero solo durante el primer mes pudo recuperar el tiempo que había perdido con su mejor amigo. Después se dio cuenta de que aunque la cantidad de trabajo era menos importante, tenía mas responsabilidades con las asociaciones de estudiantes de su escuela. Así  su relación con su almohada empezó a deteriorarse cada día  más. Un día, la almohada le reclamó al Barto, que aceptó llevarla con él durante un día entero. Pero no fue fácil. Primero, fueron a la escuela, pero el profesor les expulsó del curso gritando que la clase no era un lugar para dormir. Después, fueron a un bar para encontrar a los amigos del Barto. Pero nadie quería hablar con ella, era tan diferente, sería estúpido hablar con una almohada. Y finalmente, sus amigos se enfurecieron, acusándole de aburrirse con ellos ya que necesitaba una almohada. Fue un terrible día para los dos. Ella no podía integrarse en su vida y él era rechazado por todo el mundo cuando estaba con ella. ¿Por qué tanta intolerancia? Cuando le explicó la situación a su novia, ella no le creyó y se pelearon tirándose las almohadas. Tal vez la verdad era que su novia estaba celosa de su relación con la almohada. El Barto se enfadó tanto que la dejó sin explicaciones.

 Por fin, vivió solo con su amiga, rechazado por su diferencia. La almohada era la única que podía entenderle, que le conocía realmente, que no le juzgaba nunca, que estaba todo el tiempo presente para consolarlo con suaves caricias. Pero envejeciendo, el Barto empezó a tener muchos dolores en la espalda y la nuca. Sufría tanto que decidió ir a ver a un médico. Le hizo muchas preguntas sobre su modo de vida y le diagnosticó lo peor. ¡Su almohada estaba matándole! Sus dulces y suaves abrazos eran demasiado fuertes para su espalda. Antes de volver a su casa, decidió caminar un poco para reflexionar. Viviendo su vida otra vez en su cabeza, realizó que su relación con su amiga adorada le había excluido del mundo y no solo había destruido su salud sino también su vida social. Decidió que ya era hora de cambiar, de avanzar en su vida, y de dejar a su amiga. Cuando volvió a su casa, tuvo una conversación muy larga con su amiga y después de muchas lágrimas y abrazos, la guardó dulcemente en una caja en su ático.



BA MOUHAMADOU y MARIE ROZAND


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"Mi vida con el sueño"

Esta noche como cada otra me acosté tarde después de haber tomado unas copas en el bar del barrio. Puse mi despertador para las 7 de la mañana. Trabajaba mucho. Así que sólo necesitaba unos 3 minutos para quedarme dormida. No me di cuenta cuando comencé a soñar. Fue la primera vez que le encontré. Fue literalmente el hombre ‘de mis sueños’. Me enamoré a primera vista. Pero no sabía si él sentía lo mismo. Fuimos a varios lugares que veía por primera vez en mi vida. Quería quedarme cerca de él, pero de repente el sonido del despertador destruyó mi mundo tan perfecto. Sentí el vacío y una tristeza enorme. No quería salir de mi cama. Después de una hora tratando de dormirme, abandoné y me fui al trabajo. Nada podía hacerme feliz ese día. Me sentía como si perdiera algo muy precioso que nunca volvería. Al final del día me acosté inmediatamente después del trabajo. Sabía que era casi imposible encontrar a mi amante de nuevo, pero en lo profundo de mi corazón lo esperaba. Pasó mucho tiempo sin que pudiera dormirme hasta que finalmente lo conseguí y me di cuenta de que ‘el hombre de mis sueños’ me esperaba. Así comenzó la aventura de mi vida.
La vida con él fue muy excitante. Cada noche viajábamos hasta las estrellas, a lugares desconocidos, en los tiempos antiguos y futuros. Le amaba con mi corazón entero. Aunque pasaba cada noche con él, no sabía si mi amor era mutuo. Nunca sabía que podía esperar. A veces era cariñoso, apasionado y sutil, pero otros días era frio, seco y brutal. Nos peleábamos cada vez más. Me decía que no le quería porque no pasaba demasiado tiempo con él. No sabía que hacer para convencerle de mis sentimientos. Descuidaba cada vez más mi vida real. No podía concentrarme en el trabajo y utilizaba cada minuto para dormir un poco más.
Mi horror comenzó el día en que no me pude dormir. Lo intenté de muchas maneras, pero no podía encontrar a mi amante. Después de una semana sin cerrar los ojos me fui al médico y su diagnóstico fue fatal: insomnio. Me desesperé. Fui a la farmacia y me compré todos los somníferos que podía encontrar. Estaba decidida, no podía vivir más sin mi amor. Tomé todas las pastillas. De repente le vi, mi corazón se fundió. Estaba allí esperándome. Como me temía, su rostro estaba frio y sin sentimientos. Cuando me vio, de repente comenzó a pelear como si fuera mi culpa que no nos habíamos visto durante tanto tiempo. No me dejaba explicarle nada. Se puso agresivo y me cogió por la garganta. Estaba totalmente sorprendida. Le empujé con toda mi fuerza sin darme cuenta que estábamos en la cumbre de una montaña. No podía hacer nada más. La última imagen que tengo en mi cabeza es la de su rostro sorprendido volviéndose cada segundo más pequeño cuando caía en el abismo oscuro. La imagen siguiente fue la sala del hospital donde me levanté 6 meses más tarde…

                                                                          Agata CZYZEWSKA

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