mercredi 25 février 2015

TEXTOS ESCRITOS A PARTIR DE "MI VIDA CON LA OLA" DE OCTAVIO PAZ



MI VIDA CON LA OLA


Imagen de la ola danzando sobre el mar

Cuando dejé aquel mar, una ola se adelantó entre todas. Era esbelta y ligera. A pesar de los gritos de las otras, que la detenían por el vestido flotante, se colgó de mi brazo y se fue conmigo saltando. No quise decirle nada, porque me daba pena avergonzarla ante sus compañeras. Además, las miradas coléricas de las mayores me paralizaron.

Cuando llegamos al pueblo, le expliqué que no podía ser, que la vida en la ciudad no era lo que ella pensaba en su ingenuidad de ola que nunca ha salido del mar. Me miro seria: “Su decisión estaba tomada. No podía volver.” Intente dulzura, dureza, ironía. Ella lloro, grito, acaricio, amenazo. Tuve que pedirle perdón. Al día siguiente empezaron mis penas. ¿Cómo subir al tren sin que nos vieran el conductor, los pasajeros, la policía? Es cierto que los reglamentos no dicen nada respecto al transporte de olas en los ferrocarriles, pero esa misma reserva era un indicio de la severidad con que se juzgaría nuestro acto.

Tras de mucho cavilar me presente en la estación una hora antes de la salida, ocupé mi asiento y, cuando nadie me veía, vacié el depósito de agua para los pasajeros; luego, cuidadosamente, vertí en él a mi amiga.

El primer incidente surgió cuando los niños de un matrimonio vecino declararon su ruidosa sed. Les salí al paso y les prometí refrescos y limonadas. Estaban a punto de aceptar cuando se acerco otra sedienta. Quise invitarla también, pero la mirada de su acompañante me detuvo. La señora tomo un vasito de papel, se acerco al depósito y abrió la llave. Apenas estaba a medio llenar el vaso cuando me interpuse de un salto entre ella y mi amiga. La señora me miro con asombro. Mientras pedía disculpas, uno de los niños volvió abrir el depósito. Lo cerré con violencia...


 https://escritoscarolina.wordpress.com/2007/05/09/mi-vida-con-la-ola-octavio-paz/

OCTAVIO PAZ



 TEXTOS ESCRITOS POR LOS ESTUDIANTES DE ENPC CURSO CUENTOS 2014-15


Mi vida con la bomba

          Era un día de verano, el sol brillaba, los árboles cubiertos de flores desprendían  olores suaves. Caminaba tranquilamente  en un bosque balanceado  por la dulce música del canto de los pájaritos, cuando la vi. Era  deslumbrante, los rayos del sol  se reflejaban  sobre  sus  curvas esbeltas, plantada en medio de un claro, esperaba apaciblemente desde el día de su lanzamiento. El tiempo no había pasado para ella. Era la misma, tan hermosa, tan orgullosa, tan sutil, tan perfecta, mi bomba querida. El flechazo fue inmediato. Me senté en la hierba frente a ella, nos quedamos contemplándonos durante horas, mi corazón latía como un metrónomo. De una voz vacilante, intenté empezar una conversación. Hablamos de todo y de nada, me contó su historia. Se llamaba Bertha, había nacido en una fábrica de Alemania, como todas sus hermanas, había sido educada con un único propósito macabro. Había viajado mucho alrededor del mundo con su familia y había esperado mucho tiempo en  vastos almacenes.
El día tan esperado había llegado, había sido cargada en un gran tubo de metal, se le había ayudado un poquito y después de una gran explosión, había volado hacia su objetivo. Pero un mal viento  del Este le había separado de sus hermanas,  había aterrizado en ese claro sin explotar y desde entonces esperaba sola. Al final de su historia, la noche había caído, la bomba irradiaba sobre la luz de las estrellas. Me suplicó que no la dejara sola, y que me ocupara de ella. La desenterré con delicadeza y la tomé en mis brazos, el contacto con su piel de metal cromado me electrizó, estaba tan dulce. Caminamos así hasta la parada de autobús.
Cuando subimos en el autobús, la gente nos observó con extravagancia, nos señalaban con el dedo, se hablaban en voz baja y cuchicheaban. En la parada siguiente una mujer joven subió, cuando me vio con mi amor en los brazos, gritó, quiso llamar a la policía y me trató de terrorista. ¿Como podía creer algo así? Pero no importaba, estaba con mi dulcinea, nada podía afectarme. Al bajar del autobús, escondí mi alma gemela bajo mi bufanda. Esos miserables no merecían contemplar su hermosa y su perfección, sorprendentemente los escándalos acabaron, y nadie gritó a mi paso.
Llegamos a mi piso, nos sentamos en el sofá, contemplé sus formas voluptuosas y su hermoso reflejo metálico. Empecé a tocarla y a acariciarla cuando de repente, me empujó violentamente, me dijo que estaba loco y que si iba más adelante yo arriesgaba mi vida y que estaba demasiado ligada a mí para hacerlo. Con tristeza, sin atreverme a insistir no continué y me dormí. Varias semanas pasaron y cada día la escena se repitió y me atreví más adelante. Hasta el día en que al despertar había desaparecido, había dejado un mensaje para mí diciendo que le había salvado y que me amaría pero que no quería herirme. Por consiguiente había decidido ir a cumplir su funesta misión: hacerse explotar en el mercado en medio de los puestos de venta.
Entré en pánico, me levanté con velocidad y estuve buscándola, ¿donde podría estar? Avanzando cerca de un puesto de un horticultor,  percibí su divino brillo metálico, estaba escondida en el suelo, y esperaba que alguien caminara sobre ella. Me apresuré a su encuentro y la levanté del suelo. “Déjeme”, me decía, “váyase”. Le respondí que era lo único que contaba a mis ojos y que quería agradarle y estar con ella sin importar las consecuencias. Le miré tiernamente, quedó silenciosa y le apacigüé. Empezamos a volver a casa.
De vuelta a mi piso, puse a mi querida en la cama. Estaba tan hermosa, sus formas redondas eran tan elegantes, me acerque a ella y empecé a acariciarla. Mis manos recorrieron su cuerpo delicado con suavidad, empecé de abajo, y subí hasta su cima. Con la yema de los dedos acaricié las marcas de quemadura dejada en su casquillo, su piel estaba estirada en ese lugar y el metal había dejado paso a un dulce azul profundo y vibrante. Subí poco a poco en su cuerpo, recorriendo con la yema de los dedos las ranuras sinuosas y concéntricas que habían marcado su vuelo. Me acerqué, peligrosamente pero con certeza, al pequeñito cono metálico que marcaba su extremidad superior, el contacto con el metal era muy voluptuoso. La excitación empezó a subir poco a poco, estimulada por sentimientos de peligro y de alegría, la situación estaba particularmente explosiva. Alcanzó su paroxismo cuando la yema de mis dedos se colocó en el detonador, con un gran estertor, una ola de calor nos irradió, el placer estaba en su cumbre, estábamos juntos, aquí, ahí, en todas partes, dispersos por los cuatro rincones de la ciudad según los vientos. Que fuerza, que hermosa, mi amor, mi bomba
 
                                                    ARTIGUE Vincent  


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Mi vida con la almohada


El Barto es un chico muy travieso, curioso y terrible. Tenía  muchos problemas con sus amigos, y cuando quería llorar se refugiaba en su cama con su almohada. Durante su infancia  solo su almohada  estaba presente durante todas sus pruebas. Su almohada era como su peluche y como su mejor amigo. Incluso en su  adolescencia, su almohada le acompañaba durante sus interminables mañanas y sus desayunos en su cama. Se creó una relación apasionada alimentada por interminables abrazos, caricias, y besos depositados para él durante su sueño. La relación era tan profunda que cuando El Barto estaba con sus amigos añoraba la textura y la suavidad de su almohada y se sentía un poco solo y abandonado.

Unos años después, El Barto inició las clases preparatorias y comenzó a dormir cada vez menos. Su almohada que siempre  se quedaba en su casa estaba cada vez más triste. Y el Barto pensaba en su almohada incluso en clases de matemáticas o físicas que eran sus cursos preferidos. Cuando empezó la Escuela de ingenieros, esperaba tener más tiempo para su almohada, pero solo durante el primer mes pudo recuperar el tiempo que había perdido con su mejor amigo. Después se dio cuenta de que aunque la cantidad de trabajo era menos importante, tenía mas responsabilidades con las asociaciones de estudiantes de su escuela. Así  su relación con su almohada empezó a deteriorarse cada día  más. Un día, la almohada le reclamó al Barto, que aceptó llevarla con él durante un día entero. Pero no fue fácil. Primero, fueron a la escuela, pero el profesor les expulsó del curso gritando que la clase no era un lugar para dormir. Después, fueron a un bar para encontrar a los amigos del Barto. Pero nadie quería hablar con ella, era tan diferente, sería estúpido hablar con una almohada. Y finalmente, sus amigos se enfurecieron, acusándole de aburrirse con ellos ya que necesitaba una almohada. Fue un terrible día para los dos. Ella no podía integrarse en su vida y él era rechazado por todo el mundo cuando estaba con ella. ¿Por qué tanta intolerancia? Cuando le explicó la situación a su novia, ella no le creyó y se pelearon tirándose las almohadas. Tal vez la verdad era que su novia estaba celosa de su relación con la almohada. El Barto se enfadó tanto que la dejó sin explicaciones.

 Por fin, vivió solo con su amiga, rechazado por su diferencia. La almohada era la única que podía entenderle, que le conocía realmente, que no le juzgaba nunca, que estaba todo el tiempo presente para consolarlo con suaves caricias. Pero envejeciendo, el Barto empezó a tener muchos dolores en la espalda y la nuca. Sufría tanto que decidió ir a ver a un médico. Le hizo muchas preguntas sobre su modo de vida y le diagnosticó lo peor. ¡Su almohada estaba matándole! Sus dulces y suaves abrazos eran demasiado fuertes para su espalda. Antes de volver a su casa, decidió caminar un poco para reflexionar. Viviendo su vida otra vez en su cabeza, realizó que su relación con su amiga adorada le había excluido del mundo y no solo había destruido su salud sino también su vida social. Decidió que ya era hora de cambiar, de avanzar en su vida, y de dejar a su amiga. Cuando volvió a su casa, tuvo una conversación muy larga con su amiga y después de muchas lágrimas y abrazos, la guardó dulcemente en una caja en su ático.



BA MOUHAMADOU y MARIE ROZAND


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"Mi vida con el sueño"

Esta noche como cada otra me acosté tarde después de haber tomado unas copas en el bar del barrio. Puse mi despertador para las 7 de la mañana. Trabajaba mucho. Así que sólo necesitaba unos 3 minutos para quedarme dormida. No me di cuenta cuando comencé a soñar. Fue la primera vez que le encontré. Fue literalmente el hombre ‘de mis sueños’. Me enamoré a primera vista. Pero no sabía si él sentía lo mismo. Fuimos a varios lugares que veía por primera vez en mi vida. Quería quedarme cerca de él, pero de repente el sonido del despertador destruyó mi mundo tan perfecto. Sentí el vacío y una tristeza enorme. No quería salir de mi cama. Después de una hora tratando de dormirme, abandoné y me fui al trabajo. Nada podía hacerme feliz ese día. Me sentía como si perdiera algo muy precioso que nunca volvería. Al final del día me acosté inmediatamente después del trabajo. Sabía que era casi imposible encontrar a mi amante de nuevo, pero en lo profundo de mi corazón lo esperaba. Pasó mucho tiempo sin que pudiera dormirme hasta que finalmente lo conseguí y me di cuenta de que ‘el hombre de mis sueños’ me esperaba. Así comenzó la aventura de mi vida.
La vida con él fue muy excitante. Cada noche viajábamos hasta las estrellas, a lugares desconocidos, en los tiempos antiguos y futuros. Le amaba con mi corazón entero. Aunque pasaba cada noche con él, no sabía si mi amor era mutuo. Nunca sabía que podía esperar. A veces era cariñoso, apasionado y sutil, pero otros días era frio, seco y brutal. Nos peleábamos cada vez más. Me decía que no le quería porque no pasaba demasiado tiempo con él. No sabía que hacer para convencerle de mis sentimientos. Descuidaba cada vez más mi vida real. No podía concentrarme en el trabajo y utilizaba cada minuto para dormir un poco más.
Mi horror comenzó el día en que no me pude dormir. Lo intenté de muchas maneras, pero no podía encontrar a mi amante. Después de una semana sin cerrar los ojos me fui al médico y su diagnóstico fue fatal: insomnio. Me desesperé. Fui a la farmacia y me compré todos los somníferos que podía encontrar. Estaba decidida, no podía vivir más sin mi amor. Tomé todas las pastillas. De repente le vi, mi corazón se fundió. Estaba allí esperándome. Como me temía, su rostro estaba frio y sin sentimientos. Cuando me vio, de repente comenzó a pelear como si fuera mi culpa que no nos habíamos visto durante tanto tiempo. No me dejaba explicarle nada. Se puso agresivo y me cogió por la garganta. Estaba totalmente sorprendida. Le empujé con toda mi fuerza sin darme cuenta que estábamos en la cumbre de una montaña. No podía hacer nada más. La última imagen que tengo en mi cabeza es la de su rostro sorprendido volviéndose cada segundo más pequeño cuando caía en el abismo oscuro. La imagen siguiente fue la sala del hospital donde me levanté 6 meses más tarde…

                                                                          Agata CZYZEWSKA

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samedi 17 janvier 2015

Cuentos inspirados por "Las buenas inversiones" de Julio Cortazar



"Las buenas inversiones" de Julio Cortázar

¡La desviación de lo previsible, la transgresión de la realidad habitual mediante la irrupción de lo desacostumbrado, lo sorpresivo!

Pueden escuchar el cuento narrado por el escritor mismo





                            REESCRITURA DEL CUENTO POR LOS ESTUDIANTES 
                                 La braza del oro


             Pescadoro es el más persuasivo y también el más gordo de todos los venezolanos. A los 45 anos, su impresionante estómago no le evita ser muy elegante tanto en su postura como en su manera de hablar. Siempre vestido con traje y corbata como un hombre que tiene dinero, es respetado por todos, a pesar de su tamaño pequeño. Pero no le importa lo que los otros piensen de él. Desde su infancia siempre fue solitario y su perpetua expresión altiva es lo que más le caracteriza ahora.

              Pescadoro tiene un sueño simple que solo debería preocuparle a él mismo: nadar un día en una piscina de diez metros de profundidad y treinta metros de largo, llena de pesetas de oro puro. Para ayudarle a realizar su deseo, podía contar con su primo, Sergio García, que vivía en una tribu de indígenas en el Amazonas. Sergio tenía un tráfico de cabezas secas muy prolífico y beneficiaba así de una relación privilegiada con los jefes de la tribu. Estos hombres le daban cada semana une cantidad de pesetas de oro puro para agradecerle por su trabajo, y Sergio le enviaba a su primo las pesetas para que llenaran su piscina. Pero un día, Sergio García se suicidó y Pescadoro no había terminado de llenar su piscina, le faltaban dos o tres metros de profundidad. Entonces, se fue al Banco Central de Venezuela para comprar todas las reservas de oro del país para poder completar lo que le faltaba en su piscina. Sus talentos de buen negociador y su persuasión le permitieron lograr comprar con mucho éxito. Volviendo a su casa, llenó su piscina con el oro. Había logrado su sueño. Le faltaba el último e inmenso placer de bajar por las escaleras de la piscina, lo que hizo ceremoniosamente, y nadar con un placer indescriptible en los diez metros de oro alrededor de él.

               De repente, hubo una devaluación brutal del bolívar venezolano que perdió todo su valor en pocos días hasta que no valía nada. El pueblo venezolano sentía una gran ansiedad. Gómez, venezolano de 40 años, fue a ver a Pescadoro para preguntarle si aceptaría darle oro para sobrevivir, lo que el gordo venezolano rechazó, claro, justificándose y contándole su deseo a Gómez. Pensando que Pescadoro era loco o muy inteligente pero mentiroso, Gómez se fue a ver al gobierno para que le ayudara. Para luchar contra la devaluación, el gobierno tenia que recuperar su oro. De este modo, representantes del gobierno aceptaron ir con Gómez a ver a Pescadoro para convencerlo. Pero no olviden que Pescadoro es un buen negociador con un inmenso sueño. Entonces, sabiendo que no podría luchar infinitamente contra el gobierno y todo el pueblo venezolano, aceptó dar todo el oro de la piscina pero contra el mismo volumen de diamantes. Con la presión del pueblo, el gobierno no tuvo otra opción y aceptó. Inmediatamente, Pescadoro se fue hasta la montaña más alta de Venezuela para construir una piscina de diez metros de profundidad y treinta metros de largo, que llenó con los diamantes.
               Nadando en su piscina, Pescadoro veía, abajo de su montaña, los venezolanos siempre ansiosos y luchando porque el oro, así vendido en inmensas cantidades en todo el país, había perdido todo su valor. 
              Pescador continuaba nadando la braza, imaginando el  momento en que Gómez vendría a verle para pedirle un pequeño diamante de su piscina.

                       MAKHTAR BA y RADAL ANTOINE


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Los cuadros de la felicidad

         Juan Carlos era un hombre simple, que se contentaba con lo que tuviera. Tenía un título de ingeniero aeronáutico, pero era también un hombre muy cultivado y le gustaba mucho el arte, particularmente las pinturas de su pintor favorito, Pablo Picasso.

      Desgraciadamente, Juan Carlos era un hombre muy ensimismado y asocial. Sus compañeros le miraban como un ser extraño y no lograba encajar en el equipo, ya no le trataban. Finalmente, su jefe, el señor García, le despidió.

Entonces, empezó a buscar un nuevo empleo en el cual pudiera renovarse y realmente ser feliz. Decidió ponerse en contacto con una oficina de empleo a la que confió la misión de llegar a hacerlo trabajar con Pablo Picasso.

Después de varias investigaciones, la agencia lo contactó y le dijo que el único puesto disponible para trabajar con Picasso, era un puesto de barrendero en su taller.

Sin rechinar, Juan Carlos aceptó.

       Así, cada día, Juan Carlos iba al taller de Picasso, barría los mínimos escondrijos con muchísima implicación. Picasso no le pagaba bien, pero era feliz porque podía admirar todos los cuadros de su pintor favorito.

Cada vez que cruzaba a sus excompañeros, estaban sorprendidos de verle, raro y asocial, pasearse tan feliz con una traje de barrendero.

       La gente empezó a decir que quizás Juan Carlos robaba cuadros, o que hacía falsos cuadros, o que Picasso le daba regalos.

    Cuando estas informaciones llegaron a los oídos del señor García, mientras que su empresa empezaba a quebrar, se dijo que Juan Carlos, ya bien pagado como ingeniero había parecido miserable, debía hacerse mucho dinero de una alguna manera con su nuevo empleo. Decidió entonces  tomar su lugar.

     El Señor García utilizó un estratagema para hacer despedir a Juan Carlos, pero Pablo Picasso se negó, teniendo confianza en el hombre que limpiaba tan bien.

Por eso, el señor García fue a ver a su exempleado para proponerle que intercambiaran sus empleos. Juan Carlos se negó rotundamente.

       Entonces el señor García le propuso un último negocio: vendería su empresa, y le daría la mitad del dinero a cambio de que presentara su renuncia al cargo de barrendero.

En vista de que lo le proponía el Sr. García era una suma de dinero muy importante, Juan Carlos aceptó. Al poco tiempo, el antiguo jefe convertido en barrendero se dio cuenta demasiado tarde de su error. En cambio, con esta suma, Juan Carlos pudo comprar una gran cantidad de cuadros de Pablo Picasso que expuso en su casa y se volvió un gran coleccionista.
                        Steve Montes y Alexis Atlani 
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Corre la voz en silencio
Luis era un hombre sencillo y raro, que solo le pedía a la vida la paz y el silencio. En efecto, poseía oídos especialmente sensibles. Vivía en una ciudad muy ruidosa y quería aislarse del mundo. Por eso, un día, se fue al médico para encontrar una solución. El médico le miró con una sonrisa socarrona y le dijo que tenía la solución para su problema. Hurgó en sus cajones y le dio un casco con atenuación del ruido. A pesar de que era un casco para niños muy ridículo, de manera sorprendente, Luis se alegró mucho cuando en realidad el médico se burlaba de él. Pero Lui podía disfrutar el silencio, sin  necesidad de hablar con nadie. Ya no le importaba la mirada de la gente ni sus burlas.
 
Poco a poco, la gente empezó a preguntarse por qué Luis había pedido ese casco tan ridículo. Su sensibilidad al ruido no podía ser la única razón para llevar dicho accesorio. Todos se convencieron de que Luis tenía un problema médico, probablemente causado por las ondas de los celulares y del Internet. Como los rumores pueden exagerarse, pronto todo el mundo estuvo seguro de que Luis protegía su salud con el casco.  

Ya que Luis no podía oír nada, no desmintió el rumor y el médico no habló a causa del secreto médico.



Finalmente, ese caso fue conocido en todo el país a tal punto que el Ministro de la Salud lo calificó de “cuestión de salud pública”. Decidió coger el toro por las orejas y fue a ver a Luis para comprar y copiar su casco que evidentemente presentaba una tecnología avanzada. Una gran distribución de cascos empezó en el país, el primer equipado siendo el mismo Ministro.
Rápidamente, toda la gente se puso el mismo casco que Luis para protegerse contra las ondas acústicas. En todos los lugares que podemos imaginar, la gente lucía el casco: de la playa a la calle, de la oficina a la opera. ¡Las discotecas se convirtieron en salas de espera! Y el mundo empezó a convertirse en un gran silencio. Las personas paseaban como si fueran fantasmas y como si vivieran en sus burbujas.


Entonces, Luis se dio cuenta de que ya no necesitaba su casco y pudo realizar su sueño. Así, entre todas las personas aisladas, pudo simplemente quitarse su casco y disfrutar del silencio.



Leslie Merran, Alexandre Oge, Adrien Sault
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                                 El mundo de Alfredo

Alfredo era un pintor loco que no le gustaba la profusión de colores. Quería un mundo con un solo color. Después de numerosos intentos mezclando colores,  encontró el color perfecto y empezó a pintar muchos cuadros.


Era conocido por muy pocas personas a su alrededor que pensaban que era extraño que pintara solo con ese color. Hablaban de Alfredo para burlarse. Se volvió una historia rara que la contaban a todos. Poco a poco mucha gente había oído la historia del pintor que solamente utilizaba un color. Pero toda esa gente no había visto las obras de Alfredo porque él no quería separarse de ellas y venderlas. Por eso se volvió una historia aún más intrigante que graciosa y creó una atención al arte de Alfredo.

Entonces todos querían comprar una de sus obras y empezaron a proponer precios tan altos que Alfredo tuvo que aceptar y por eso se volvió muy rico.

Al final pudo construir una gran casa solo con su color y realizar el sueño de vivir en un mundo perfecto.

Julien Levy y Maxime Mouch
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¡Éxito!

El Señor Gómez era un hombre muy humilde y sentimental. Durante toda su vida lo único que quería hacer era un homenaje a su padre que había muerto luchando por su país en la guerra. Desafortunadamente nadie sabía que ese hombre había sido un héroe excepcional y todo el mundo ya había olvidado la guerra. Para preservar los recuerdos de su padre, el Señor Gómez empezó a coleccionar las latas de conservas de la época de la guerra que era la única comida que su padre podía encontrar durante esos tiempos difíciles. Recorría el mundo buscando los objetos de su obsesión y gastaba cada moneda que poseía y todo su tiempo para aumentar su colección.

Durante mucho tiempo la gente le miraba con sorpresa. No comprendían porque el Señor Gómez  se sacrificaba tanto para encontrar esos viejos objetos sin valor. Su colección le parecía tan extraña que finalmente comenzaron a creer que el metal de las latas contenía algo precioso. De repente todo el mundo se puso a buscar latas viejas de conservas, pero nadie pudo encontrar ni una porque el Señor Gómez durante toda su vida había logrado comprar todas las viejas latas que existían en el mundo. Como era imposible encontrarlas, se volvieron extremadamente preciosas, podemos decir que se convirtieron en un producto de lujo.

Muchas empresas muy curiosas por el valor del metal de las latas comenzaron a negociar con el Señor Gómez para comprarle su colección esperando ganancias extraordinarias. Como esos objetos tenían un valor sentimental, el Señor Gómez no quería ni siquiera escuchar las ofertas de los empresarios. Aunque el precio ofrecido aumentaba cada día más, él se mantenía  fiel a la memoria de su padre. Pocos días después tuvo la idea de aceptar la oferta y utilizar el dinero ganado para construir un museo en homenaje a su padre y para que todo el mundo recordara la guerra y que su padre había sido un gran héroe
Marie Rozand y Agata Czyzewska
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El Saber de papel



Antonio es un hombre muy particular. En su ciudad, su país e incluso su civilización, es un hombre aparte. En efecto, en 2200, toda la humanidad está sometida por las máquinas, totalmente dependiente de sus ordenadores y del sistema central, la Matriz. Los libros, los documentos de papel y todas las cosas de este tipo son sustituidas por documentos virtuales, videos y fotografías.

Pero como para Antonio esa situación era inaceptable, utilizaba su tiempo libre buscando libros en la basura u otros lugares para alimentar su biblioteca. Después de miles de búsquedas, había constituido una colección de libros y, entonces, de saber que en nuestra época sería enorme.

Antonio vivía en una cabaña en la montaña, recluido, alejado de toda forma de civilización o tecnología. Su único sueño era que la humanidad se diera cuenta de la importancia del saber escrito y de la herencia de los seres humanos.

Desgraciadamente, las máquinas que habían servido a la humanidad durante tanto tiempo se estropearon en 2201. Un virus se propagó en todos los ordenadores y el sistema se fundió: la matriz ya no podía ocuparse de los humanos, los mundos virtuales se apagaron y el mundo se despertó.

Era una terrible experiencia para los humanos cuando descubrieron que la realidad no era tan perfecta como el mundo virtual. Los humanos no sabían cómo vivir o alimentarse. Todo el saber había sido transmitido a las máquinas, los humanos del siglo veintitres no se recordaban de nada.

Antonio, el hombre de quien la gente se burlaba por sus intereses “desusados e inútiles”, se convirtió en la única persona que tenía libros y que podía comprenderlos. De persona insignificante, se volvió un guía de una civilización humana perdida sin la ayuda de las máquinas.

Antonio aceptó compartir sus conocimientos con los otros humanos, y su biblioteca fue desplazada a la capital, acompañada de una estatua en su honor.



         Hadrien Forestier - Pierre Raccaglia
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Las Apariencias engañan



Alberto era un hombre muy humilde y simple. Su gran placer era visitar los mercados de las pulgas cada semana para mirar los objetos viejos de épocas y colores diferentes. A Alberto le gustaba caminar por la multitud, observando la gente de orígenes diferentes aglutinadas alrededor de los puestos, gritando y negociando presos. Disfrutaba esta actividad y a veces compraba algunos objetos para la decoración de su casa.

Ese fin de semana de Agosto, como de costumbre, Alberto estaba caminando en medio de los mercantes, estaba buscando una silla original o cualquier bonito objeto para sentarse en su pequeñita veranda. Iba a volver a su casa, cuando una antigüedad llamó su atención.
Al lado de la calle un hombre muy viejo estaba vendiendo un gran cofre de madera con esculturas muy bonitas y muy detalladas. De repente, Alberto se dio cuenta de que el cofre era de una forma y un tamaño perfecto para que el pudiera sentarse en él.

El precio que puso el viejo vendedor fue un poquito caro para Alberto que no tenía mucho dinero y que quería conservar sus ahorros para sus compras futuras; entonces empezó a negociar para bajar el precio. Después de un cuarto de hora de negociación, el viejo concedió vender el cofre a un precio muy bajo. Más pobre pero rico por su hallazgo, Alberto empezó a regresar a su casa. Pero la escena no pasó inadvertida.

En efecto, tres cazadores de tesoros, un Americano, un Ruso y un Chino habían visto lo que pasaba y estaban muy intrigados por esta escena de negociación. Habían observado a un hombre simple luchando con un viejo vendedor para comprar un cofre de madera muy común. El hombre simple quería tanto el cofre, que aún no se había sentado sobre él como si hubiera querido protegerlo, como si el hombre simple supiera que contenía un objeto especial.
Los tres coleccionistas empezaron a espiar a Alberto para saber porque había comprado ese cofre.
El Americano pensaba que el cofre contenía lingotes de oro, el Ruso creía que contenía botellas de alcohol muy viejas y preciosas mientras que el Chino imaginaba obras de arte, como una pintura o una escultura, escondida en el cofre.

Entonces los tres coleccionistas fueron a ver a Alberto y querían comprar el cofre antes que Alberto lo abriera y descubriera su contenido.
El Chino se precipitó para hacerle una proposición de precio:

“Hombre, quiero este cofre, soy un coleccionista de cofres, lo necesito absolutamente para mí colección, te lo compro con su contenido, por cien dólares.”

Alberto empezó a hablar para decir que no estaba interesado en vender este cofre, pero fue interrumpido por el Ruso:

“Tu eres loco ! Este cofre vale por lo menos diez veces más ! Hombre, te lo compro por mil dólares.”

Con un aire condescendiente, el Americano los interrumpió:

“Hombre, no escuche a estos dos payasos. Acepte mi precio, le doy cien mil dólares por el cofre y su contenido.”

Así se pelearon por el precio durante toda la tarde. Claro, si Alberto no quería vender ese cofre, es porque tenía que contener un tesoro de un valor incalculable ! Al anochecer, los tres coleccionistas llegaron a un acuerdo: comprar el cofre juntos con todas sus fortunas y después compartir el botín.

Alberto que solamente estaba buscando una silla bonita, en frente de esas enormes cantidades de dinero, se decidió finalmente a vender el cofre. Se fue con un cheque de doce millones de dólares, y volvio tranquilamente a su casa.

Antes de pasar por su puerta, Alberto oyó un grito aterrador, los tres coleccionistas se habían desmayado, y estaban extendidos por la calle alrededor del cofre abierto que no contenía nada.

Con una parte del dinero, Alberto construyó una inmensa veranda, con un gran sofá para sentarse y disfrutar del calor del sol durante la lectura de su periódico. Así, Alberto pudo almacenar todas las cosas bonitas que compraba, cada vez que  iba al mercado de las pulgas.


ARTIGUE Vincent & TRANCARDAlbéric