Cuando dejé aquel mar, una ola se adelantó entre todas. Era esbelta y
ligera. A pesar de los gritos de las otras, que la detenían por el
vestido flotante, se colgó de mi brazo y se fue conmigo saltando. No
quise decirle nada, porque me daba pena avergonzarla ante sus
compañeras. Además, las miradas coléricas de las mayores me paralizaron.
Cuando llegamos al pueblo, le expliqué que no podía ser, que la vida
en la ciudad no era lo que ella pensaba en su ingenuidad de ola que
nunca ha salido del mar. Me miro seria: “Su decisión estaba tomada. No
podía volver.” Intente dulzura, dureza, ironía. Ella lloro, grito,
acaricio, amenazo. Tuve que pedirle perdón. Al día siguiente empezaron
mis penas. ¿Cómo subir al tren sin que nos vieran el conductor, los
pasajeros, la policía? Es cierto que los reglamentos no dicen nada
respecto al transporte de olas en los ferrocarriles, pero esa misma
reserva era un indicio de la severidad con que se juzgaría nuestro acto.
Tras de mucho cavilar me presente en la estación una hora antes de la
salida, ocupé mi asiento y, cuando nadie me veía, vacié el depósito de
agua para los pasajeros; luego, cuidadosamente, vertí en él a mi amiga.
El primer incidente surgió cuando los niños de un matrimonio vecino
declararon su ruidosa sed. Les salí al paso y les prometí refrescos y
limonadas. Estaban a punto de aceptar cuando se acerco otra sedienta.
Quise invitarla también, pero la mirada de su acompañante me detuvo. La
señora tomo un vasito de papel, se acerco al depósito y abrió la llave.
Apenas estaba a medio llenar el vaso cuando me interpuse de un salto
entre ella y mi amiga. La señora me miro con asombro. Mientras pedía
disculpas, uno de los niños volvió abrir el depósito. Lo cerré con
violencia...
https://escritoscarolina.wordpress.com/2007/05/09/mi-vida-con-la-ola-octavio-paz/
OCTAVIO PAZ
TEXTOS ESCRITOS POR LOS ESTUDIANTES DE ENPC CURSO CUENTOS 2014-15
Mi vida con la bomba
Era un día de verano, el sol brillaba,
los árboles cubiertos de flores desprendían
olores suaves. Caminaba tranquilamente en un bosque balanceado por la dulce música del
canto de los pájaritos, cuando la vi. Era deslumbrante, los rayos del sol se reflejaban sobre sus curvas esbeltas, plantada en medio de un claro,
esperaba apaciblemente desde el día
de su lanzamiento. El tiempo no había pasado para ella. Era la misma, tan hermosa,
tan orgullosa, tan sutil, tan perfecta, mi bomba querida. El flechazo fue
inmediato. Me senté en la hierba frente a ella, nos quedamos contemplándonos
durante horas, mi corazón latía como un metrónomo. De una voz vacilante, intenté
empezar una conversación. Hablamos de todo y de nada, me contó su historia. Se
llamaba Bertha, había nacido en una fábrica de Alemania, como todas sus hermanas,
había sido educada con un único propósito macabro. Había viajado mucho alrededor
del mundo con su familia y había esperado mucho tiempo en vastos almacenes.
El día tan esperado había llegado, había sido cargada en
un gran tubo de metal, se le había ayudado un poquito y después de una gran
explosión, había volado hacia su objetivo. Pero un mal viento del Este le había separado de sus hermanas, había
aterrizado en ese claro sin explotar
y desde entonces esperaba sola. Al final de su historia, la noche había caído, la
bomba irradiaba sobre la luz de las estrellas. Me suplicó que no la dejara
sola, y que me ocupara de ella. La desenterré con delicadeza y la tomé en mis brazos, el contacto con su piel de
metal cromado me electrizó, estaba tan dulce. Caminamos así hasta la parada de
autobús.
Cuando subimos en el
autobús, la gente nos observó con extravagancia, nos señalaban con el dedo, se
hablaban en voz baja y cuchicheaban. En la parada siguiente una mujer joven subió,
cuando me vio con mi amor en los brazos, gritó, quiso llamar a la policía y me
trató de terrorista. ¿Como podía creer algo así? Pero no importaba, estaba con
mi dulcinea, nada podía afectarme. Al bajar del autobús, escondí mi alma gemela
bajo mi bufanda. Esos miserables no merecían contemplar su hermosa y su perfección,
sorprendentemente los escándalos acabaron, y nadie gritó a mi paso.
Llegamos
a mi piso, nos sentamos en el sofá, contemplé sus formas voluptuosas y su
hermoso reflejo metálico. Empecé a tocarla y a acariciarla cuando de repente, me
empujó violentamente, me dijo que estaba loco y que si iba más adelante yo
arriesgaba mi vida y que estaba demasiado ligada a mí para hacerlo. Con
tristeza, sin atreverme a insistir no continué y me dormí. Varias semanas
pasaron y cada día la escena se repitió y me atreví más adelante. Hasta el día
en que al despertar había desaparecido, había dejado un mensaje para mí
diciendo que le había salvado y que me amaría pero que no quería herirme. Por
consiguiente había decidido ir a cumplir su funesta misión: hacerse explotar en
el mercado en medio de los puestos de venta.
Entré
en pánico, me levanté con velocidad y estuve buscándola, ¿donde podría estar? Avanzando
cerca de un puesto de un horticultor, percibí
su divino brillo metálico, estaba escondida en el suelo, y esperaba que alguien
caminara sobre ella. Me apresuré a su encuentro y la levanté del suelo. “Déjeme”,
me decía, “váyase”. Le respondí que era lo único que contaba a mis ojos y que
quería agradarle y estar con ella sin importar las consecuencias. Le miré
tiernamente, quedó silenciosa y le apacigüé. Empezamos a volver a casa.
De vuelta a mi piso, puse
a mi querida en la cama. Estaba tan hermosa, sus formas redondas eran tan
elegantes, me acerque a ella y empecé a acariciarla. Mis manos recorrieron su
cuerpo delicado con suavidad, empecé de abajo, y subí hasta su cima. Con la
yema de los dedos acaricié las marcas de quemadura dejada en su casquillo, su
piel estaba estirada en ese lugar y el metal había dejado paso a un dulce azul
profundo y vibrante. Subí poco a poco en su cuerpo, recorriendo con la yema de
los dedos las ranuras sinuosas y concéntricas que habían marcado su vuelo. Me
acerqué, peligrosamente pero con certeza, al pequeñito cono metálico que
marcaba su extremidad superior, el contacto con el metal era muy voluptuoso. La
excitación empezó a subir poco a poco, estimulada por sentimientos de peligro y
de alegría, la situación estaba particularmente explosiva. Alcanzó su paroxismo
cuando la yema de mis dedos se colocó en el detonador, con un gran estertor,
una ola de calor nos irradió, el placer estaba en su cumbre, estábamos juntos,
aquí, ahí, en todas partes, dispersos por los cuatro rincones de la ciudad
según los vientos. Que fuerza, que hermosa, mi amor, mi bomba
ARTIGUE
Vincent
★★★★★★★★★★★★★★★★★★★★★★★★★★★★★★
Mi vida con la
almohada
El Barto es un chico muy travieso,
curioso y terrible. Tenía muchos problemas con sus amigos, y cuando
quería llorar se refugiaba en su cama con su almohada. Durante su infancia
solo su almohada estaba presente
durante todas sus pruebas. Su almohada era como su peluche y como su mejor
amigo. Incluso en su adolescencia, su almohada le acompañaba durante sus
interminables mañanas y sus desayunos en su cama. Se creó una relación
apasionada alimentada por interminables abrazos, caricias, y besos depositados
para él durante su sueño. La relación era tan profunda que cuando El Barto
estaba con sus amigos añoraba la textura y la suavidad de su almohada y se sentía
un poco solo y abandonado.
Unos años después, El Barto
inició las clases preparatorias y comenzó a dormir cada vez menos. Su almohada
que siempre se quedaba en su casa estaba
cada vez más triste. Y el Barto pensaba en su almohada incluso en clases de
matemáticas o físicas que eran sus cursos preferidos. Cuando empezó la Escuela
de ingenieros, esperaba tener más tiempo para su almohada, pero solo durante el
primer mes pudo recuperar el tiempo que había perdido con su mejor amigo.
Después se dio cuenta de que aunque la cantidad de trabajo era menos
importante, tenía mas responsabilidades con las asociaciones de estudiantes de
su escuela. Así su relación con su
almohada empezó a deteriorarse cada día más. Un día, la almohada le
reclamó al Barto, que aceptó llevarla con él durante un
día entero. Pero no fue fácil. Primero, fueron a la escuela, pero el profesor
les expulsó del curso gritando que la clase no era un lugar
para dormir. Después, fueron a un bar para encontrar a los amigos del Barto.
Pero nadie quería hablar con ella, era tan diferente, sería estúpido hablar con
una almohada. Y finalmente, sus amigos se enfurecieron, acusándole de aburrirse
con ellos ya que necesitaba una almohada. Fue un terrible día para los dos.
Ella no podía integrarse en su vida y él era rechazado por todo el mundo cuando
estaba con ella. ¿Por qué tanta intolerancia? Cuando le explicó la situación a
su novia, ella no le creyó y se pelearon tirándose las almohadas. Tal vez la
verdad era que su novia estaba celosa de su relación con la almohada. El Barto se
enfadó tanto que la dejó sin explicaciones.
Por fin, vivió solo con su
amiga, rechazado por su diferencia. La almohada era la única que podía
entenderle, que le conocía realmente, que no le juzgaba nunca, que estaba todo
el tiempo presente para consolarlo con suaves caricias. Pero envejeciendo, el
Barto empezó a tener muchos dolores en la espalda y la nuca. Sufría tanto que
decidió ir a ver a un médico. Le hizo muchas preguntas sobre su modo de vida y
le diagnosticó lo peor. ¡Su almohada estaba matándole! Sus dulces y suaves
abrazos eran demasiado fuertes para su espalda. Antes de volver a su casa,
decidió caminar un poco para reflexionar. Viviendo su vida otra vez en su
cabeza, realizó que su relación con su amiga adorada le había excluido del
mundo y no solo había destruido su salud sino también su vida social. Decidió
que ya era hora de cambiar, de avanzar en su vida, y de dejar a su amiga.
Cuando volvió a su casa, tuvo una conversación muy larga con su amiga y después
de muchas lágrimas y abrazos, la guardó dulcemente en una caja en su ático.
BA MOUHAMADOU y
MARIE ROZAND
vvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvv
vvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvv
"Mi vida con el sueño"
Esta noche como cada otra me
acosté tarde después de haber tomado unas copas en el bar del barrio. Puse mi
despertador para las 7 de la mañana. Trabajaba mucho. Así que sólo necesitaba
unos 3 minutos para quedarme dormida. No me di cuenta cuando comencé a soñar.
Fue la primera vez que le encontré. Fue literalmente el hombre ‘de mis sueños’.
Me enamoré a primera vista. Pero no sabía si él sentía lo mismo. Fuimos a
varios lugares que veía por primera vez en mi vida. Quería quedarme cerca de él,
pero de repente el sonido del despertador destruyó mi mundo tan perfecto. Sentí
el vacío y una tristeza enorme. No quería salir de mi cama. Después de una hora
tratando de dormirme, abandoné y me fui al trabajo. Nada podía hacerme feliz
ese día. Me sentía como si perdiera algo muy precioso que nunca volvería. Al
final del día me acosté inmediatamente después del trabajo. Sabía que era casi
imposible encontrar a mi amante de nuevo, pero en lo profundo de mi corazón lo
esperaba. Pasó mucho tiempo sin que pudiera dormirme hasta que finalmente lo
conseguí y me di cuenta de que ‘el hombre de mis sueños’ me esperaba. Así
comenzó la aventura de mi vida.
La vida con él fue muy
excitante. Cada noche viajábamos hasta las estrellas, a lugares desconocidos,
en los tiempos antiguos y futuros. Le amaba con mi corazón entero. Aunque
pasaba cada noche con él, no sabía si mi amor era mutuo. Nunca sabía que podía
esperar. A veces era cariñoso, apasionado y sutil, pero otros días era frio,
seco y brutal. Nos peleábamos cada vez más. Me decía que no le quería porque no
pasaba demasiado tiempo con él. No sabía que hacer para convencerle de mis
sentimientos. Descuidaba cada vez más mi vida real. No podía concentrarme en el
trabajo y utilizaba cada minuto para dormir un poco más.
Mi horror comenzó el día en que no me pude dormir. Lo intenté de muchas maneras, pero no podía encontrar a mi
amante. Después de una semana sin cerrar los ojos me fui al médico y su
diagnóstico fue fatal: insomnio. Me desesperé. Fui a la farmacia y me compré
todos los somníferos que podía encontrar. Estaba decidida, no podía vivir más
sin mi amor. Tomé todas las pastillas. De repente le vi, mi corazón se fundió.
Estaba allí esperándome. Como me temía, su rostro estaba frio y sin sentimientos.
Cuando me vio, de repente comenzó a pelear como si fuera mi culpa que no nos habíamos
visto durante tanto tiempo. No me dejaba explicarle nada. Se puso
agresivo y me cogió por la garganta. Estaba totalmente sorprendida. Le empujé
con toda mi fuerza sin darme cuenta que estábamos en la cumbre de una montaña.
No podía hacer nada más. La última imagen que tengo en mi cabeza es la de su
rostro sorprendido volviéndose cada segundo más pequeño cuando caía en el
abismo oscuro. La imagen siguiente fue la sala del hospital donde me levanté 6
meses más tarde…
Agata CZYZEWSKA
:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::