"Las buenas inversiones" de Julio Cortázar
¡La desviación de lo previsible, la transgresión de la realidad
habitual mediante la irrupción de lo desacostumbrado, lo sorpresivo!
Pueden escuchar el cuento narrado por el escritor mismo
REESCRITURA DEL CUENTO POR LOS ESTUDIANTES
La braza del oro
Pescadoro
es el más persuasivo y también el más gordo de todos los venezolanos. A los 45
anos, su impresionante estómago no le evita ser muy elegante tanto en su
postura como en su manera de hablar. Siempre vestido con traje y corbata como
un hombre que tiene dinero, es respetado por todos, a pesar de su tamaño
pequeño. Pero no le importa lo que los otros piensen de él. Desde su infancia
siempre fue solitario y su perpetua expresión altiva es lo que más le
caracteriza ahora.
Pescadoro
tiene un sueño simple que solo debería preocuparle a él mismo: nadar un día en
una piscina de diez metros de profundidad y treinta metros de largo, llena de
pesetas de oro puro. Para ayudarle a realizar su deseo, podía contar con su
primo, Sergio García, que vivía en una tribu de indígenas en el Amazonas.
Sergio tenía un tráfico de cabezas secas muy prolífico y beneficiaba así de una
relación privilegiada con los jefes de la tribu. Estos hombres le daban cada
semana une cantidad de pesetas de oro puro para agradecerle por su trabajo, y
Sergio le enviaba a su primo las pesetas para que llenaran su piscina. Pero un
día, Sergio García se suicidó y Pescadoro no había terminado de llenar su
piscina, le faltaban dos o tres metros de profundidad. Entonces, se fue al
Banco Central de Venezuela para comprar todas las reservas de oro del país para
poder completar lo que le faltaba en su piscina. Sus talentos de buen
negociador y su persuasión le permitieron lograr comprar con mucho éxito.
Volviendo a su casa, llenó su piscina con el oro. Había logrado su sueño. Le
faltaba el último e inmenso placer de bajar por las escaleras de la piscina, lo
que hizo ceremoniosamente, y nadar con un placer indescriptible en los diez
metros de oro alrededor de él.
De
repente, hubo una devaluación brutal del bolívar venezolano que perdió todo su
valor en pocos días hasta que no valía nada. El pueblo venezolano sentía una
gran ansiedad. Gómez, venezolano de 40 años, fue a ver a Pescadoro para
preguntarle si aceptaría darle oro para sobrevivir, lo que el gordo venezolano
rechazó, claro, justificándose y contándole su deseo a Gómez. Pensando que
Pescadoro era loco o muy inteligente pero mentiroso, Gómez se fue a ver al
gobierno para que le ayudara. Para luchar contra la devaluación, el gobierno
tenia que recuperar su oro. De este modo, representantes del gobierno aceptaron
ir con Gómez a ver a Pescadoro para convencerlo. Pero no olviden que Pescadoro
es un buen negociador con un inmenso sueño. Entonces, sabiendo que no podría
luchar infinitamente contra el gobierno y todo el pueblo venezolano, aceptó dar
todo el oro de la piscina pero contra el mismo volumen de diamantes. Con la
presión del pueblo, el gobierno no tuvo otra opción y aceptó. Inmediatamente,
Pescadoro se fue hasta la montaña más alta de Venezuela para construir una
piscina de diez metros de profundidad y treinta metros de largo, que llenó con
los diamantes.
Nadando en su piscina, Pescadoro veía, abajo de su montaña, los venezolanos siempre ansiosos y luchando porque el oro, así vendido en inmensas cantidades en todo el país, había perdido todo su valor.
Pescador continuaba nadando la braza, imaginando el momento en que Gómez vendría a verle para pedirle un pequeño diamante de su piscina.
Nadando en su piscina, Pescadoro veía, abajo de su montaña, los venezolanos siempre ansiosos y luchando porque el oro, así vendido en inmensas cantidades en todo el país, había perdido todo su valor.
Pescador continuaba nadando la braza, imaginando el momento en que Gómez vendría a verle para pedirle un pequeño diamante de su piscina.
MAKHTAR BA y RADAL ANTOINE
Los cuadros de la felicidad
Juan Carlos era un hombre simple, que se contentaba con lo que tuviera. Tenía
un título de ingeniero aeronáutico, pero era también un hombre muy cultivado y le
gustaba mucho el arte, particularmente las pinturas de su pintor favorito,
Pablo Picasso.
Desgraciadamente, Juan Carlos era un hombre muy ensimismado y asocial. Sus
compañeros le miraban como un ser extraño y no lograba encajar en el equipo, ya
no le trataban. Finalmente, su jefe, el señor García, le despidió.
Entonces, empezó a buscar un nuevo empleo en el cual pudiera renovarse y
realmente ser feliz. Decidió ponerse en contacto con una oficina de empleo a la
que confió la misión de llegar a hacerlo trabajar con Pablo Picasso.
Después de varias investigaciones, la agencia lo contactó y le dijo que el
único puesto disponible para trabajar con Picasso, era un puesto de barrendero
en su taller.
Sin rechinar, Juan Carlos aceptó.
Así, cada día, Juan Carlos iba al taller de Picasso, barría los mínimos
escondrijos con muchísima implicación. Picasso no le pagaba bien, pero era
feliz porque podía admirar todos los cuadros de su pintor favorito.
Cada vez que cruzaba a sus excompañeros, estaban sorprendidos de verle,
raro y asocial, pasearse tan feliz con una traje de barrendero.
La gente empezó a decir que quizás Juan Carlos robaba cuadros, o que hacía falsos
cuadros, o que Picasso le daba regalos.
Cuando estas informaciones llegaron a los oídos del señor García, mientras
que su empresa empezaba a quebrar, se dijo que Juan Carlos, ya bien pagado como
ingeniero había parecido miserable, debía hacerse mucho dinero de una alguna
manera con su nuevo empleo. Decidió entonces tomar su lugar.
El Señor García utilizó un estratagema para hacer despedir a Juan Carlos, pero
Pablo Picasso se negó, teniendo confianza en el hombre que limpiaba tan bien.
Por eso, el señor García fue a ver a su exempleado para proponerle que
intercambiaran sus empleos. Juan Carlos se negó rotundamente.
Entonces el señor García le propuso un último negocio: vendería su empresa,
y le daría la mitad del dinero a cambio de que presentara su renuncia al cargo
de barrendero.
En vista de que lo le proponía el Sr. García era una suma de dinero muy
importante, Juan Carlos aceptó. Al poco tiempo, el antiguo jefe convertido en
barrendero se dio cuenta demasiado tarde de su error. En cambio, con esta suma, Juan Carlos pudo comprar una gran cantidad de cuadros de Pablo Picasso que expuso
en su casa y se volvió un gran coleccionista.
Steve Montes y Alexis Atlani
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Corre la voz en
silencio
Luis era un hombre sencillo
y raro, que solo le pedía a la vida la paz y el silencio. En efecto, poseía
oídos especialmente sensibles. Vivía en una ciudad muy ruidosa y quería
aislarse del mundo. Por eso, un día, se fue al médico para encontrar una
solución. El médico le miró con una sonrisa socarrona y le dijo que tenía la
solución para su problema. Hurgó en sus cajones y le dio un casco con
atenuación del ruido. A pesar de que era un casco para niños muy ridículo, de
manera sorprendente, Luis se alegró mucho cuando en realidad el médico se
burlaba de él. Pero Lui podía disfrutar el silencio, sin necesidad de hablar con nadie. Ya no le importaba
la mirada de la gente ni sus burlas.
Poco a poco, la gente
empezó a preguntarse por qué Luis había pedido ese casco tan ridículo. Su
sensibilidad al ruido no podía ser la única
razón para llevar dicho accesorio. Todos se convencieron de que Luis tenía un
problema médico, probablemente causado por las ondas de los celulares y del
Internet. Como los rumores pueden exagerarse, pronto todo el mundo estuvo
seguro de que Luis protegía su salud con el casco.
Ya que Luis no podía
oír nada, no desmintió el rumor y el médico no habló a causa del secreto
médico.
Finalmente, ese caso
fue conocido en todo el país a tal punto que el Ministro de la Salud lo
calificó de “cuestión de salud pública”. Decidió coger el toro por las orejas y
fue a ver a Luis para comprar y copiar su casco que evidentemente presentaba
una tecnología avanzada. Una gran distribución de cascos empezó en el país, el
primer equipado siendo el mismo Ministro.
Rápidamente,
toda la gente se puso el mismo casco que Luis para protegerse contra las ondas
acústicas. En todos los lugares que podemos imaginar, la gente lucía el casco:
de la playa a la calle, de la oficina a la opera. ¡Las discotecas se convirtieron en salas de espera! Y el mundo empezó a convertirse en un gran silencio. Las personas paseaban como si fueran
fantasmas y como si vivieran en sus burbujas.
Entonces,
Luis se dio cuenta de que ya no
necesitaba su casco y pudo realizar su sueño. Así, entre todas las personas
aisladas, pudo simplemente quitarse su casco y disfrutar del silencio.
Leslie Merran,
Alexandre Oge, Adrien Sault
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Era conocido por muy pocas personas a su alrededor que pensaban que era extraño que pintara solo con ese color. Hablaban de Alfredo para burlarse. Se volvió una historia rara que la contaban a todos. Poco a poco mucha gente había oído la historia del pintor que solamente utilizaba un color. Pero toda esa gente no había visto las obras de Alfredo porque él no quería separarse de ellas y venderlas. Por eso se volvió una historia aún más intrigante que graciosa y creó una atención al arte de Alfredo.
Entonces todos querían comprar una de sus obras y empezaron a proponer precios tan altos que Alfredo tuvo que aceptar y por eso se volvió muy rico.
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El mundo de Alfredo
Alfredo era un pintor loco
que no le gustaba la profusión de colores. Quería un mundo con un solo color.
Después de numerosos intentos mezclando colores, encontró el color perfecto y empezó a pintar
muchos cuadros.
Era conocido por muy pocas personas a su alrededor que pensaban que era extraño que pintara solo con ese color. Hablaban de Alfredo para burlarse. Se volvió una historia rara que la contaban a todos. Poco a poco mucha gente había oído la historia del pintor que solamente utilizaba un color. Pero toda esa gente no había visto las obras de Alfredo porque él no quería separarse de ellas y venderlas. Por eso se volvió una historia aún más intrigante que graciosa y creó una atención al arte de Alfredo.
Entonces todos querían comprar una de sus obras y empezaron a proponer precios tan altos que Alfredo tuvo que aceptar y por eso se volvió muy rico.
Al final pudo construir una gran casa solo con su color y realizar el sueño
de vivir en un mundo perfecto.
Julien Levy
y Maxime Mouch
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¡Éxito!
El Señor Gómez
era un hombre muy humilde y sentimental. Durante toda su vida lo único que
quería hacer era un homenaje a su padre que había muerto luchando por su país
en la guerra. Desafortunadamente nadie sabía que ese hombre había sido un héroe
excepcional y todo el mundo ya había olvidado la guerra. Para preservar los
recuerdos de su padre, el Señor Gómez empezó a coleccionar las latas de
conservas de la época de la guerra que era la única comida que su padre podía
encontrar durante esos tiempos difíciles. Recorría el mundo buscando los
objetos de su obsesión y gastaba cada moneda que poseía y todo su tiempo para
aumentar su colección.
Durante mucho
tiempo la gente le miraba con sorpresa. No comprendían porque el Señor Gómez se sacrificaba tanto para encontrar esos
viejos objetos sin valor. Su colección le parecía tan extraña que finalmente
comenzaron a creer que el metal de las latas contenía algo precioso. De repente
todo el mundo se puso a buscar latas viejas de conservas, pero nadie pudo encontrar
ni una porque el Señor Gómez durante toda su vida había logrado comprar todas
las viejas latas que existían en el mundo. Como era imposible encontrarlas, se
volvieron extremadamente preciosas, podemos decir que se convirtieron en un
producto de lujo.
Muchas empresas
muy curiosas por el valor del metal de las latas comenzaron a negociar con el
Señor Gómez para comprarle su colección esperando ganancias extraordinarias. Como
esos objetos tenían un valor sentimental, el Señor Gómez no quería ni siquiera
escuchar las ofertas de los empresarios. Aunque el precio ofrecido aumentaba
cada día más, él se mantenía fiel a la
memoria de su padre. Pocos días después tuvo la idea de aceptar la oferta y
utilizar el dinero ganado para construir un museo en homenaje a su padre y para
que todo el mundo recordara la guerra y que su padre había sido un gran héroe.
Marie Rozand y Agata Czyzewska
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El Saber de papel
Antonio es un hombre muy particular. En su ciudad, su país e incluso
su civilización, es un hombre aparte. En efecto, en 2200, toda la humanidad
está sometida por las máquinas, totalmente dependiente de sus ordenadores y del
sistema central, la Matriz. Los libros, los documentos de papel y todas las
cosas de este tipo son sustituidas por documentos virtuales, videos y
fotografías.
Pero como para Antonio esa situación era inaceptable, utilizaba su
tiempo libre buscando libros en la basura u otros lugares para alimentar su
biblioteca. Después de miles de búsquedas, había constituido una colección de
libros y, entonces, de saber que en nuestra época sería enorme.
Antonio vivía en una cabaña en la montaña, recluido, alejado de toda
forma de civilización o tecnología. Su único sueño era que la humanidad se
diera cuenta de la importancia del saber escrito y de la herencia de los seres
humanos.
Desgraciadamente, las máquinas que habían servido a la humanidad
durante tanto tiempo se estropearon en 2201. Un virus se propagó en todos los
ordenadores y el sistema se fundió: la matriz ya no podía ocuparse de los
humanos, los mundos virtuales se apagaron y el mundo se despertó.
Era una terrible experiencia para los humanos cuando descubrieron que
la realidad no era tan perfecta como el mundo virtual. Los humanos no sabían
cómo vivir o alimentarse. Todo el saber había sido transmitido a las máquinas,
los humanos del siglo veintitres no se recordaban de nada.
Antonio, el hombre de quien la gente se burlaba por sus intereses “desusados
e inútiles”, se convirtió en la única persona que tenía libros y que podía
comprenderlos. De persona insignificante, se volvió un guía de una civilización
humana perdida sin la ayuda de las máquinas.
Antonio aceptó compartir sus conocimientos con los otros humanos, y su
biblioteca fue desplazada a la capital, acompañada de una estatua en su honor.
Hadrien Forestier - Pierre Raccaglia
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Las Apariencias engañan
Alberto era un hombre muy
humilde y simple. Su gran placer era visitar los mercados de las pulgas cada
semana para mirar los objetos viejos de épocas y colores diferentes. A Alberto
le gustaba caminar por la multitud, observando la gente de orígenes diferentes
aglutinadas alrededor de los puestos, gritando y negociando presos. Disfrutaba
esta actividad y a veces compraba algunos objetos para la decoración de su
casa.
Ese fin de semana de Agosto, como
de costumbre, Alberto estaba caminando en medio de los mercantes, estaba buscando
una silla original o cualquier bonito objeto para sentarse en su pequeñita
veranda. Iba a volver a su casa, cuando una antigüedad llamó su atención.
Al lado de la calle un hombre muy viejo estaba vendiendo un gran cofre de madera con esculturas muy bonitas y muy detalladas. De repente, Alberto se dio cuenta de que el cofre era de una forma y un tamaño perfecto para que el pudiera sentarse en él.
Al lado de la calle un hombre muy viejo estaba vendiendo un gran cofre de madera con esculturas muy bonitas y muy detalladas. De repente, Alberto se dio cuenta de que el cofre era de una forma y un tamaño perfecto para que el pudiera sentarse en él.
El
precio que puso el viejo vendedor fue un poquito caro para Alberto que no tenía
mucho dinero y que quería conservar sus ahorros para sus compras futuras; entonces
empezó a negociar para bajar el precio. Después de un cuarto de hora de
negociación, el viejo concedió vender el cofre a un precio muy bajo. Más pobre
pero rico por su hallazgo, Alberto empezó a regresar a su casa. Pero la escena
no pasó inadvertida.
En efecto, tres cazadores de
tesoros, un Americano, un Ruso y un Chino habían visto lo que pasaba y estaban
muy intrigados por esta escena de negociación. Habían observado a un hombre simple
luchando con un viejo vendedor para comprar un cofre de madera muy común. El
hombre simple quería tanto el cofre, que aún no se había sentado sobre él como
si hubiera querido protegerlo, como si el hombre simple supiera que contenía un
objeto especial.
Los tres coleccionistas empezaron a espiar a Alberto para saber porque había comprado ese cofre.
El Americano pensaba que el cofre contenía lingotes de oro, el Ruso creía que contenía botellas de alcohol muy viejas y preciosas mientras que el Chino imaginaba obras de arte, como una pintura o una escultura, escondida en el cofre.
Los tres coleccionistas empezaron a espiar a Alberto para saber porque había comprado ese cofre.
El Americano pensaba que el cofre contenía lingotes de oro, el Ruso creía que contenía botellas de alcohol muy viejas y preciosas mientras que el Chino imaginaba obras de arte, como una pintura o una escultura, escondida en el cofre.
Entonces los tres coleccionistas
fueron a ver a Alberto y querían comprar el cofre antes que Alberto lo abriera
y descubriera su contenido.
El Chino se precipitó para hacerle una proposición de precio:
El Chino se precipitó para hacerle una proposición de precio:
“Hombre, quiero este cofre, soy un
coleccionista de cofres, lo necesito absolutamente para mí colección, te lo
compro con su contenido, por cien dólares.”
Alberto empezó a hablar para
decir que no estaba interesado en vender este cofre, pero fue interrumpido por
el Ruso:
“Tu eres loco ! Este cofre vale
por lo menos diez veces más ! Hombre, te lo compro por mil dólares.”
Con un aire condescendiente, el
Americano los interrumpió:
“Hombre, no escuche a estos dos
payasos. Acepte mi precio, le doy cien mil dólares por el cofre y su contenido.”
Así se pelearon por el precio
durante toda la tarde. Claro, si Alberto no quería vender ese cofre, es porque tenía
que contener un tesoro de un valor incalculable ! Al anochecer, los tres
coleccionistas llegaron a un acuerdo: comprar el cofre juntos con todas sus
fortunas y después compartir el botín.
Alberto que solamente estaba
buscando una silla bonita, en frente de esas enormes cantidades de dinero, se decidió
finalmente a vender el cofre. Se fue con un cheque de doce millones de dólares,
y volvio tranquilamente a su casa.
Antes de pasar por su puerta,
Alberto oyó un grito aterrador, los tres coleccionistas se habían desmayado, y
estaban extendidos por la calle alrededor del cofre abierto que no contenía
nada.
Con una parte del dinero, Alberto
construyó una inmensa veranda, con un gran sofá para sentarse y disfrutar del
calor del sol durante la lectura de su periódico. Así, Alberto pudo almacenar
todas las cosas bonitas que compraba, cada vez que iba al mercado de las pulgas.
ARTIGUE
Vincent & TRANCARDAlbéric